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San Juan de la Peña, cuna de Aragón

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Aragón ye nazión“. Todo un símbolo del nacionalismo aragonés desde hace años. Pero lo cierto es que Aragón no es nación. Lo fue, y Reino, y Corona. Una corona histórica y trascendental en el nacimiento de España. Y, según algunas crónicas, el monasterio de San Juan de la Peña fue, si no tal vez la cuna donde nació, sí la pila bautismal donde se bautizó ese reino aragonés. Hoy vamos a conocer un poquito más de este monasterio. Hagamos un poco de historia (tranquilos… no mucha… o igual sí)

 

En los albores del siglo VIII, omeyas y bereberes dominan el norte de África y preparan el asalto de la península ibérica en su expansión hacia occidente. En el 711, Táriq ibn Ziyad cruza las columnas de Hércules (llamadas después Gibraltar -Ẏabal Tāriq: “montaña de Táriq”- en su honor): empieza la paulatina ocupación del, entonces dividido, reino cristiano visigodo. Una ocupación que se logrará en apenas cuatro o cinco años y que durará, con más o menos poder, más de 700. Con lo bueno y lo malo que ello supuso.

Para el 714 las tropas árabes habían conquistado gran parte del territorio peninsular, incluidas tierras del Ebro. Los cristianos libres, en su retroceso, se refugian en el extremo norte de la península, en las zonas más escarpadas, que abarcan el macizo galaico, la cordillera cantábrica y los montes vascos hasta los Pirineos. Serán años duros, años de sangre y guerra, donde los pequeños reinos y señoríos se sienten aislados y acosados por los conquistadores árabes y donde la fe es un importante motor de vida. Es esta fe la que hará que numerosas ermitas surjan a lo largo de este territorio, cobijo de fe del cristianismo hispánico. Lugares sencillos y austeros donde poder cubrir la necesidad espiritual en tiempos aciagos. San Pedro de Siresa, San Salvador de Leire, Virgen de la cueva de Oroel… y muchas más. Y, sobre todas, en Aragón destaca San Juan de la Peña, cuna del reino de Aragón.

Nos encontramos en la alta edad media, donde las tierras, verdadera fuente de poder y riqueza, pertenecen única y exclusivamente al señor feudal o a la iglesia por donación del señor feudal, dato importante para tener en cuenta las circunstancias en las que se desarrolla el nacimiento y crecimiento de San Juan de la Peña.

Si bien es verdad que, al parecer, esta ermita ya existía (o al menos un pequeño altar) en tiempos anteriores a la ocupación árabe de la península, es durante ésta cuando adquiere, primero, mayor uso, y después riqueza, poder y renombre. Su origen exacto se desconoce, pero se estima que a finales del siglo VII es cuando Juan de Atares siente la llamada de Dios y, renunciando a todos sus bienes y riquezas, decide hacer vida eremita y elige una cueva del llamado monte Pano para levantar un altar a San Juan. Cuenta la leyenda que, años más tarde, el joven noble zaragozano Voto, siguiendo una pieza de caza, llega por casualidad (que él atribuye a un milagro de San Juan, al que invoca en el peligro) a esta cueva donde descubre el cuerpo, ya muerto e incorrupto, de Juan de Atarés, tendido frente a un altar erigido a San Juan y junto a una piedra con la siguiente inscripción: “Ego Ioannes. Primus. In hoc loco, heremita, qui ab amorem Dei, hac ecclesiam fabricavi, in honorem sancti Ioannis Baptiste. Hic, requiesco, Amen” (“Yo Juan. El Primero. En este lugar, un ermitaño, que es desde el amor de Dios, esta iglesia construida en honor de San Juan Bautista. Aquí, descanso, Amén”). Es por todo esto que decide dedicar su vida a Dios y, junto con su hermano Félix, se trasladará a esta ermita.

Sea como sea, es cierto que estas dos figuras, Voto y Félix, llegaron a esta ermita llamada por entonces San Juan de Pano, aunque probablemente las fechas puedan ser otras y que esto fuera debido a la llegada de devotos cristianos, mozárabes, a altas tierras en busca de refugio ante la persecución islámica. A estos dos los seguirían muchos más. Es en el siglo IX cuando este pequeño refugio cristiano empieza a adquirir el significado que se le da. Es entonces cuando en estos altos territorios, pequeño embrión de lo que sería el reino aragonés, crece el interés por recuperar el terreno perdido frente a los árabes. Se recupera territorio casi palmo a palmo, ciudad a ciudad, guerra tras guerra, y es aquí cuando nace el Condado de Aragón como ente único, favorecido ello por los intereses cristianos de condados y reinos vecinos para luchar contra la islamización (hay que entender que la reconquista no nace como un movimiento único y organizado contra la ocupación árabe, ni siquiera al unísono, sino que se alimenta de las distintas fuerzas del extinto territorio visigodo: por un lado, la monarquía asturiana de raíz visigoda pura y dura; por otro, el territorio navarro-aragonés de origen más hispano, y de otro, el catalán con más influencias de las instituciones francas de origen carolingio, al otro lado de los Pirineos. Cristianos todos al fin y al cabo). Y, al parecer, en estos inicios tan difíciles, donde las batallas se conseguían con gran sacrificio y en nombre de Cristo, San Juan del Pano, a la postre San Juan de la Peña, era protagonista como fuente de inspiración y reposo de almas.

A partir de entonces, San Juan de la Peña empieza a cobrar la dimensión que llegaría a tener. Establecido el Condado de Aragón en su origen con el apoyo de reyes francos, que admiten su creación como mal menor con el fin de tener una fuerza de contención ante los árabes que miraban hacia el norte, este optará por rendir vasallaje al reino de Pamplona, con el que le unen muchos lazos, y con el que hará frente a las fuerzas moras. Durante este periodo, mitad del siglo IX, el rey de Pamplona y el Conde de Aragón, empiezan a favorecer a San Juan de la Peña como agradecimiento a su ayuda espiritual. Crece el lugar, ya monasterio, poco a poco. Es en tiempos de conde Galindo II Aznarez, hacia el 920, cuando se consagra como iglesia, que ejercerá bajo el rito mozárabe. Diferentes condes de Aragón y reyes de Navarra hacen donaciones territoriales que harán de San Juan de la Peña uno de los monasterios más fuertes de la península, donde se harán enterrar condes y reyes, y que alcanzará su máximo esplendor en el sigo XI, en tiempos del rey navarro Sancho Garcés III, asiduo visitante y valedor. Serán muchas las prebendas, territorios, donaciones y riqueza las que aumentarán el poder del monasterio de la mano de los diferentes reyes, siempre fieles a este refugio espiritual de fe y raíz de cristiandad. Reyes que fueron primero de Navarra y luego ya de Aragón (Sancho Garcés III establece a su muerte un reparto entre sus cuatro hijos, aunque aquí solo nos ocupen dos: su primogénito García Sánchez III será nombrado rey de Pamplona y su otro hijo, Ramiro, será nombrado regulus -rey de facto- de Aragón, subordinado al reino de Pamplona. Es aquí donde se cimenta al reino: Aragón se convierte en reino de pleno derecho).

En este punto histórico es cuando empezamos a oír nombres (tal vez injustamente si los comparamos con los anteriormente citados) mucho más conocidos y renombrados en nuestra historia (ya del Reino de Aragón, que no todavía de la Corona de Aragón) que seguirán dando su apoyo, reconocimiento y beneplácito al monasterio de San Juan de la Peña: Sancho Ramírez, hijo de Ramiro I, rey de Aragón y después rey de Pamplona (por elección del pueblo navarro a la muerte de su tío, el rey Sancho Garcés, asesinado por su hermano); Pedro I; Alfonso I el batallador; Ramiro II el monje; hasta Petronila I.

Y aquí es donde empieza el declive paulatino de San Juan de la Peña. Con la unión del condado de Barcelona al Reino de Aragón, momento del nacimiento de la Corona de Aragón, mediante matrimonio de Petronila, reina de Aragón, con el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona, el monasterio empieza a perder privilegios reales frente a otros monasterios como el de Poblet, más del agrado del barcelonés cuyo arraigo hacia tierras aragonesas era nulo. Sin el apoyo real, el monasterio verá reducir poco a poco su poder y riqueza, perderán derechos sobre tierras, muchos de sus archivos serán trasladados a Barcelona… (la historia siempre se repite). Siglos de declive, guerras, expolios, incendios, abandono…

Pero el monasterio sigue allí. El viejo, el olvidado, el abandonado. El ahora ya restaurado, nos espera. Con su roca, guardiana de secretos; y sus muros, testigos de la historia. Con sus ecos, residuos de tiempos difíciles; y sus tumbas, reposo de almas rudas pero nobles. Con sus piedras, raíz mineral del reino; y su arte, labrada en la fe y la perseverancia. Y seguirá allí en pie, esperando el reconocimiento que se le debe, mientras esta tierra siga sin encontrar su razón de ser y sin valorar su fuerza y su identidad.

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Autor: Alejandro Lambán Herrero

Aragonés. Amante de la fotografía, de la charla entre amigos, de la vida tranquila... Siempre intentando aprender.

Un pensamiento en “San Juan de la Peña, cuna de Aragón

  1. San Juan de la Peña me parece un sitio mágico, lleno de historias y secretos. He ido muchas veces y me gusta repetir la visita porque es como un recóndito lugar con tanta solera que deja esa sensación de pequeñez en todo lo demás. Las fotos son muy chulas.

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